REVISTA SESAM 1

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5 de enero de 2007

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Sumario de hoy:

Textos pequeños de grandes autores:

“Continuidad de los parques”, de Julio Cortázar.

Biografía del autor.

¿Cuánto recordamos de literatura?

Hoy, tema: “La Ilíada”.

Heinrich Schliemann (biografía).

Textos premiados por la SESAM:

“La cafeína del hombre azul”, de Nélida Bertolone.

Errores gramaticales y ortográficos frecuentes.

Información de concursos.

1 En su origen se editó como Boletín. En esta reedición sólo fueron modificados algunos detalles menores y el orden de los artículos.

TEXTOS PEQUEÑOS DE GRANDES AUTORES

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

(Final de Juego, 1956)

de Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió una vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

JULIO CORTÁZAR es una de las figuras más relevantes de la literatura argentina. Nació en Bruselas, Bélgica, en 1914, si bien era argentino por opción pues era hijo de argentinos. Pese a haber vivido gran parte de su vida en París, su producción es, además de incuestionable, paradójicamente latinoamericana. Su obra registra la lengua coloquial de los argentinos hasta 1952. Fue autor de numerosas colecciones de cuentos: Bestiario (1951), Final de juego (1956), Las armas secretas (1959), Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), Último round (1969), Octaedro (1974), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980), etc. También se destacó en novela: Los premios (1960), Rayuela (1963), 62-Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973), etc. Murió en París, Francia, en 1984

¿CUÁNTO RECORDAMOS DE LITERATURA?

Esta sección consistirá en un pequeño juego. Pero un juego íntimo: para que cada uno tome conciencia de lo que recuerda de las grandes obras de la literatura universal. De paso, esperemos que nos sirva de incentivo para recuperar párrafos casi olvidados o para ampliar nuestras lecturas.

Hoy, tema: “LA ILÍADA”

Autor: Homero (circa Siglo VIII - IX a. JC)

Época del tema: Siglo XII (circa 1194-1184 a. JC)

Lengua: griego

Dialecto: jónico, predominante

Género: poesía épica (narrativa histórico-legendaria)

Versificación: hexámetros sin rima

(Algunas preguntas pueden ser capciosas)

1) ¿Por qué a esta obra de Homero se la llama La Ilíada?

2) En la obra, ¿quién tiene el sobrenombre de Alejandro?

3) Agamenón ¿muere en el asalto a las murallas de Troya o dentro de esta ciudad? ¿En qué capítulo (canto o rapsodia) de la obra se relata esto?

4) Los dánaos, ¿peleaban a favor de los atacantes o de los defensores de Troya?

5) Según Eurípides (“Electra”, primer párrafo) los griegos zarparon hacia Troya con mil naves. Desde luego, la cifra que nos da el poeta trágico es aproximada. La pregunta es: ¿En La Ilíada, se indica si fueron más o menos de mil naves?

Las respuestas a estas preguntas las encontrará en un próximo número.

Heinrich Schliemann, el arqueólogo responsable

de que Troya resultara más histórica que legendaria,

contra todo lo que la ciencia pensaba en 1870.

HEINRICH SCHLIEMANN nació en 1822 en un pueblo de Alemania, cercano a la frontera polaca. Su padre, un clérigo protestante muy pobre, le regaló en la Navidad de 1829 la Historia Universal Ilustrada, de Jerrers, entre cuyas láminas aparecía un dibujo de Troya en llamas, con un Eneas llevando a su hijito de la mano y a su padre cargado a la espalda. Esta imagen quedaría grabada en la mente del pequeño Heinrich, que cuando supo que nadie podía señalar con un dedo en el mapa a la antigua ciudad, habría respondido muy suelto de cuerpo: “Yo la encontraré cuando sea grande”.

Se sabe que la miseria lo obligó a dejar la escuela y que después, siendo dependiente de un almacén, un molinero borracho le recitó trozos de La Ilíada, cuya sonoridad lo fascinó, pese a que la ciencia pretexte y proteste de que el alcohol nunca produce un Enrico Caruso y aunque el pobre Schliemann nada entendiera de griego por entonces.

En 1841 se marchó a Hamburgo y tras embarcarse como grumete a Venezuela, logró recibirse de náufrago, cosa que enseguida lo decidió a dejar de jugar a Simbad el marino y mucho antes de que se cumplieran mil y una noches. Un amigo lo recomendó a una compañía de comercio internacional en Amsterdam, empleo más que aburrido, pero por lo menos no tan hundible.

Con la idea de progresar en su trabajo, comenzó a estudiar idiomas. En sólo un año aprendió inglés y francés, y al siguiente: holandés, portugués, italiano y español (un verdadero escándalo para cualquier escolar moderno que se precie). En 1844 aprendió ruso con ayuda de una vieja gramática, un diccionario y una mala traducción del “Telémaco”, libro que le leía a un pobre judío que nada entendía de ruso, pero que permanecía inmóvil en su silla con tal de cobrar sus cuatro francos semanales. Al mes y medio ya se hacía entender por los mercaderes rusos que asistían a las subastas de índigo en Amsterdam, y el pobre judío posiblemente debió buscarse otro trabajo.

En 1846 marchó como agente comercial de su empresa a San Petersburgo y un año más tarde fundaba en esta bella ciudad su propio negocio de índigo. En pocos años logró reunir el primer millón. Para entonces ya era ciudadano honorario de todas las Rusias, juez de comercio en la ciudad fundada por el zar Piotr, y gozaba de la alegría de estar muy mal casado con una aristócrata rusa, más fría que su largo invierno.

En 1850 reunió su segundo millón al instalarse en California y fundar un banco aurífero en medio de la fiebre del oro. Por aquel tiempo ya era recibido por el presidente norteamericano, no necesariamente por sus dotes intelectuales ni tampoco porque al yanqui le interesara mucho La Ilíada.

En 1853 consiguió el tercer millón (Herr Heinrich hacía cosas así) traficando durante la guerra de Crimea. En 1854 aprendió sueco y polaco, aunque siempre postergaba el estudio del griego: sabía que en cuanto lo aprendiera, su viejo amor lo llevaría a dejar los negocios para buscar Troya. Entretanto, y como para distraerse, incrementó aún más su fortuna traficando durante la guerra civil norteamericana (nunca falta quien cuenta billetes, mientras los demás cuentan bajas).

Por fin, y como gentileza a esta biografía, en 1863 se retiró del comercio y se dispuso al estudio serio del griego y de La Ilíada. Por esa época se despidió de la aristócrata rusa, matrimonio que había resultado un desastre, y solicitó a varios amigos que le enviaran fotos de jóvenes griegas (feas, abstenerse). Así conoció a la fiel y hermosa Sophie Engastrómenos, con quien se casó en 1869. De ella tuvo dos hijos, Andrómaca y Agamenón (¿qué otros nombres hubiera podido darles?) y fue feliz hasta su muerte (o no; a decir verdad, no lo sabemos), acaecida en Atenas en 1890. En el ínterin, encontraba Troya (en 1870), y como los tozudos “sabios” de su tiempo insistían en no creerle, descubrió de paso Micenas, la ciudad de Agamenón Atrida, Orcómeno y Tirinto, pero esto será objeto de otro número.

Parte de las murallas de Troya o Ilión,

descubiertas por Heinrich Schliemann,

quien se guió estrictamente por “La Ilíada”.

TEXTOS PREMIADOS POR LA SESAM

LA CAFEÍNA DEL HOMBRE AZUL

de Nélida E. Bertolone

Primer premio en los Juegos Florales “Jorge Bossio

organizado por la SESAM el 18 de noviembre de 2006

La noche que se cuela de a poco en los cristales

y ese extraño que lee, absorto,

con sus gafas que ocultan

el ardor de sus ojos.

Ese cartel intruso,

que ilumina su rostro

lo mudo de un azul...

Y veo en mi memoria

el azul de tus ojos,

tu sonrisa, el aroma

de aquel café apurado.

Y mi adicción a vos

y a tu recuerdo,

que se vistió de ausencia.

Mudos pocillos pueblan esa mesa

y el hombre azul que lee

y la adicción que obliga

a pedir uno más (la cafeína).

Y aquí estoy, sola,

esclava de tu ausencia,

mirando a ese hombre azul.

Son tantos los cafés que él ha tomado,

perdido en su lectura, distraído.

Quizás un paralelo

se trace entre nosotros:

somos los dos adictos

a ese dolor

que llaman soledad.

Nélida E. Bertolone,

ganadora de los Juegos Florales

Jorge Bossio 2006

ERRORES GRAMATICALES Y ORTOGRÁFICOS FRECUENTES

1) ¿Han notado cómo algunos médicos dicen sindrome en lugar de síndrome? Sí, la expresan como palabra grave en vez de esdrújula, que es lo correcto, ¡y encima lo hacen sin anestesia!

2) Otro caso similar se da con la palabra ínterin, que mucha gente suplanta por interín. Así, la convierten erróneamente en aguda, cuando –tal como en el caso anterior– también es esdrújula.

3) ¡Cuidado con la expresión “de acuerdo con” [los reglamentos, o lo que sea]! Si bien no es incorrecta (nunca digamos “de acuerdo a...”, que sí lo es), a veces se hace necesario cambiarla por giros más interesantes como “con arreglo a...”, “conforme a...”, o la simple palabra “según...”. No vaya a ser cosa que –en lugar de decir “Según Moisés, Dios creó al hombre”– lleguemos al absurdo de expresar: “De acuerdo con Moisés, Dios creó al hombre” y parezca que Dios hubiera tenido que consultar a Moisés para crear al ser humano, cuando el pobre patriarca bíblico bastante tenía ya con redactar el Pentateuco.

4) No viaje en “barco a vela” ni caldee su casa con una “estufa a gas” ni se alumbre con una “lámpara a petróleo”! Tampoco crea que Don Quijote veía “molinos a viento”. Corresponde que usted viaje en “barco de vela” (si le tiene pavor a los modernos), se proteja del frío con una “estufa de gas” y se alumbre con una “lámpara de petróleo”, si es algo anticuado y no le gustan las eléctricas. En cuanto a Don Quijote, pese a estar loco en aquellos pasajes de la obra de Cervantes, le aseguramos que de todas maneras él veía “molinos de viento”.

5) Si quiere decorar su casa, no compre una “estatua en mármol”, un “busto en bronce” o alguna “estatuilla en terracota”. En todo caso, corresponde decorarla con una “estatua de mármol”, un “busto de bronce” o alguna “estatuilla de terracota”.

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